Las cuevas del Autana

Text y foto: Charles Brewer Carías


Este cerro Carivirri cerca del río Auvana es un admirable monte horadado en medio como con una ventana, de la altura de un elevado campanario, cuadrado y llano en la cima, de modo que si el trabajo mereciera la pena, se le podría hacer un castillo.
F. Salvatore Gilij 1782

El cerro del tocón o Kuaymayojo

La leyenda indígena Piaroa cuenta que al principio el dios Wahari dispuso que nadie debía trabajar y que todos los frutos, nueces y raíces se encontrarían en el Wahari-kuawai o “Árbol de los Frutos del Mundo”. Así vivieron los hombres antiguos hasta que una ardilla golosa, el tucán de pico largo y el pájaro carpintero, que fueron antepasados de los hombres actuales, se empeñaron en tumbar el árbol Wahari-kuawai para no tener que recoger más su comida. Estuvieron cortándolo durante mucho tiempo y cuando al fin  lograron tumbarlo, se pudrieron todos los frutos y sus ramas gigantescas cayeron hacia el río Cuao, donde están ahora las tierras más fértiles y los restos del tronco se convirtieron en montañas que bloquearon los ríos y provocaron inundaciones y represas por todas partes. Como en una de estas represas quedó atrapado un pez payara de grandes colmillos (Raphiodon sp.), que es el más saltador de todos, al tratar de escapar de su encierro le pegó varias veces con la cabeza al tocón del árbol Wahari-kuawai, que ahora se llama Kuaymayojo (cerro Autana), por lo que en ese lugar de la montaña aún se pueden ver los huecos que hizo la Payara antes de atravesar el cerro y formar la cueva que hay allí. Esta historia, que grabamos de un viejo piaroa en la Isla Ratón en 1970 ya no se recuerda, y el explorador Mario Crapanzano nos informó en el 2004 que el último chamán piaroa que queda, el que hace las famosas máscaras, no supo explicarle la relación que había entre el Árbol de la Vida y su religión.

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Cuando en 1962 el capitán Harry Gibson nos llevó por primera vez en una avioneta para que conociera una cueva que atravesaba una montaña, aún no sabíamos que este cerro Autana lo llamaban Kuaymayojo, ni que el misionero Salvatore Gilij había sido el primero que escribió sobre el cerro “Carivirri” en 1782; pero en la oportunidad de nuestro viaje, volamos a unos ciento cincuenta metros por debajo de la cumbre en la sección de la “torre” y allí pudimos ver la insólita cavidad que atravesaba la montaña de un lado a otro como el ojo de una aguja. Y también, sobre el umbral de la boca que da hacia el Este, pudimos distinguir claramente un bloque rectangular de roca blanca que de inmediato llamamos “La Piedra de los Sacrificios”, porque al capitán Gibson le pareció ver  que sobre esta roca había algo redondo como una calavera. A partir de esa primera visita decidimos que algún día haríamos una expedición para explorar la cueva y examinar la calavera;  así fue como para familiarizarnos con aquella complicada geografía, le pedimos a los pilotos Harry Gibson, Hector Lemoine y Luis Armando Roche  que nos llevaran a volar alrededor del Cerro para obtener unos pares de fotografías estereoscópicas con las que intentaríamos calcular el tamaño de la Piedra de los Sacrificios y el de la caverna. Estas imágenes tridimensionales resultaron muy importantes para preparar la expedición; porque cuando las examinamos en detalle, pudimos ver  que en parte Norte de la torre no solo había la cueva que atravesó el pez Payara, sino que estaba minada por una la red de galerías. Otra cosa que pudimos apreciar  entonces y que nos estimuló mucho, fue que las imágenes fotográficas mostraban que sobre la pared Sur de la galería principal había unas manchas  semejantes a inscripciones antiguas que a los directores de CODESUR también le resultaron muy interesantes  (Brewer-Carías 1970). Otra cosa que pudimos distinguir  con  esas fotografías tridimensionales, es que en la pared a donde se asomaba la cueva estaban pegadas unas plantas que podrían servir  como un elemento de referencia para comprender sus dimensiones. Pero aquellas rosetas que desde el principio nos parecieron unas piñas no nos sirvió de mucho, porque en 1962 aún no estábamos muy familiarizados con el tamaño de las bromelias que crecían  en los tepuyes;  ya que con la excepción de Bassett Maguire, Lyman Smith y Julian Steyermark, que aún no habían divulgado sus trabajos, casi mas nadie las podía identificar.

Algunos años más tarde, mientras descendíamos por la escarpa sur de la meseta de Sarisariñama-jidi durante el día de año nuevo de 1965, fue cuando pudimos apreciar por primera vez la diferencia de tamaño que había entre una bromelia  del género Brocchinia sp. y otra del género Navia sp., que encontramos  creciendo una al lado de la otra en una pared vertical de cuarcita (Smith & Steyermark, 1967). Y fue a partir de ese momento cuando aprendimos a ser más cautelosos al momento de estimar las dimensiones de la cueva, porque si hubiésemos tomado como referencia el tamaño  de cualquiera de  estas piñas, el margen de error  en el cálculo de la altura de la cueva habría estado en el orden de uno a cinco. Pero  ese  error en la estimación  se habría elevado a diez, en el caso que las rosetas adheridas de la pared a la pared del Autana hubiesen pertenecido a alguna planta de la familia Amaridilaceae (parecida al sisal), porque entonces la boca principal de la cueva habría tenido  entre los 5 y los 50 metros de altura; lo cual resultaba demasiado  impreciso.

Otra manera que empleamos para estimar el tamaño de la cueva fue incluir en las fotografías la punta del ala del avión de Gibson, de manera que esta nos sirviera como elemento de comparación;  pero esa maniobra, además de que resultaba muy riesgosa tampoco nos dejó satisfechos, porque según fuera la distancia  que pasáramos de la pared y la velocidad de  crucero, algunas veces nos daba la impresión de  que la cueva  podría ser tan grande que nuestro avión pasaría a través de la montaña  sin tocar las paredes, y  en otras oportunidades nos resultaba la cavidad tan reducida, que pesábamos que una persona parada en la boca podría tocar el dintel con las manos.

La incógnita  sobre la altura de la cueva  quedó resuelta diez años después, cuando  nos  hicieron una fotografía parados  sobre la Piedra de los Sacrificios. Y la posibilidad de que un avión pudiera pasara por dentro de la montaña fue demostrada otros diez años mas tarde cuando el piloto Jimmy Marull la atravesó  a bordo de un avión  ultraliviano.

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La exploración de la cueva

Durante la Semana Santa de 1970 decidimos hacer una expedición para escalar la torre del cerro Autana, siguiendo unos mapas fluviales de gran precisión que había dibujado el nunca bien comprendido profesor José María Cruxent (1950, 1956a, 1956b), ya que fue gracias a su generosidad como pudimos llegar hasta el caño Umaj-ajé. Habíamos estimado que desde allí nos resultaría fácil llegar a pié hasta la montaña para escalarla por su arista Norte para alcanzar la cueva;  pero la expedición  se frustró porque ese año se adelantó la temporada de lluvias y resultó imposible atravesar la selva anegada (Carías, A. y Miranda, 1970).
Pero además de fracasada, esta expedición resultó extremadamente triste, porque cuando apenas faltaban 20 minutos para llegar a la Misión de Isla Ratón para concluir el viaje, desapareció trágicamente en el raudal del Caldero del río Sipapo nuestro querido compañero de excursiones andinas y poeta, Txomin Vizcarret Valero,  (Liendo, 1970).

La noche previa  a la tragedia Txomin había escrito en su diario:

Esta noche siento y quiero dar las gracias por la inmensa
cantidad de conocimientos y vivencias al lado de personas
que considero mis mejores amigos.
Creo que me estoy formando como debe ser.
Como yo quería.
Río Autana, 27 de marzo de 1970

Un año más tarde, el 12 de febrero de 1971, la Comisión para el Desarrollo del Sur (Codesur) continuó interesada en el proyecto que le habíamos presentado (Brewer-Carías 1970) y nos facilitó un helicóptero para aterrizar sobre la torre del Autana acompañado por el escalador y periodista galés David Nott. Entonces  pudimos estudiar la ruta para llegar hasta las cuevas  que se abrían hacia el abismo a unos 150 metros por debajo de nosotros, y mientras abríamos una pica hasta la gran grieta que hiende el extremo Norte de la torre, pudimos ver finalmente el tamaño de algunas de las bromelias que se fijaban a las rocas y comprendimos mejor la dimensión de nuestra empresa. Cuando nos asomamos al vacío que formaba la grieta decidimos que ese sería el camino más fácil para alcanzar la boca Oeste de la cueva, ya que aunque hacia el Este se abrían las seis bocas más llamativas, todas éstas se encontraban  debajo de un alero de 20 metros de ancho que las hacía inalcanzables  mediante un descenso en “rappel”.

Como resultado del informe que presentamos a nuestro regreso (Brewer-Carías 1971),  CODESUR aceptó que invitáramos al fotógrafo Robert Madden de la National Geographic Society para que nos acompañara hasta la cueva durante la expedición que iniciaríamos el 20 de septiembre de 1971 para descubrirla. El  equipo para la escalada estuvo entonces compuesto por David Nott, Charles Brewer, Roberto Brewer y Bob Madden (Brewer-Carías, 1972 y 1976). Pero en la expedición también participarían el botánico Julian A. Steyermark, que ya nos había acompañado en la expedición hasta las cabeceras del río Paragua y estaría encargado de colectar y describir las nuevas especies de plantas que encontráramos (Steyermark 1974, 1975, 1984). También iba con nosotros el famoso orquideólogo G.C.K. Dunsterville (1973, 1974a, 1974b, 1975, 1979, 1988a, 1988b), a quien habíamos conocido durante nuestra primera expedición al Cerro de La Neblina en 1970 (Huber y Wurdack, 1984). Nicolás Nyerges y Roberto Martínez que eran los directores de CODESUR, así como el geólogo Pablo Colvée (1972, 1973), Angelina Capriles y el biólogo Carlos Julio Naranjo, que permanecerían acampados en la cumbre durante los cinco días que demoraríamos en realizar el viaje de ida y vuelta a un lugar donde se haría algún descubrimiento importante para la espeleología, la arqueología, o la paleontología; y los ayudarían a colectar las muestras de la biodiversidad que había quedado aislada en esa cumbre prístina durante millones de años. Naranjo, que para entonces era uno de nuestros compañero de estudios en la Escuela de Biología de la Universidad Central, fue quien colectó una sola rana en la que los herpetólogos demoraron treinta y dos años para identificarla como una especie nueva (Barrio y Fuentes, 2003).

Al día siguiente de haber recogido las cuerdas que nos habían sido lanzadas desde un avión que pasó en vuelo rasante sobre la cumbre de la montaña, David Nott, Roberto Brewer y Charles Brewer-Carías  despertamos amarrados a una roca inclinada que estaba dentro de la grieta del norte. Aunque durante la exploración previa habíamos pensado que por aquella chimenea podíamos haber llegado hasta la cueva casi sin necesidad del “rappel”; apenas iniciamos el descenso nos dimos cuenta de que las paredes de la grieta se encontraban separadas más de diez metros y estaban cubiertas por una capa de barro resbalosa, por lo que nunca pudimos apoyarnos en ellas para “chimenear”. Otro inconveniente resultó en que la roca estaba formada por una cuarcita cristalina más densa que la que habíamos visto en la cumbre del cerro de La Neblina, por lo que las grietas que encontramos no aceptaban los “pitones” de hierro dulce que llevamos para hacer los anclajes.

Ninguno de los tres pudimos dormir mucho durante aquella primera noche, por  causa de la sed , pero  más que todo por el miedo de rodar y caer por el precipicio. Por lo que a la mañana siguiente,  quizás debido a la deshidratación, al sueño, o porque realmente tuvo un ataque de asma, Roberto decidió regresar hasta la cumbre sin ayuda; aun sabiendo que el trecho que tenía que ascender sin compañía sería más peligroso que la pendiente que nos faltaba para alcanzar la cueva. Pero no hubo manera de convencerlo de que durante la próxima noche no dormiríamos en un lugar tan inclinado y que tendríamos mucha agua. Roberto superó sin inconvenientes el trecho de escalera electrón de 60 metros de largo que habíamos instalado para el fotógrafo Bob Madden,  pero cuando estuvo fuera de nuestra vista  seguramente sufrió algún tropiezo y desprendió una avalancha de rocas  hacia la grieta donde, por el silbido tan agudo que producían al pasar de largo, pensamos que alcanzaban la velocidad del sonido. Y aunque nos daba la impresión de que éstas caían como en cámara lenta, solo cuando empezaron a estallar contra las paredes en medio de fogonazos de chispas, nos dimos cuenta del gran peligro en que nos encontrábamos.  Este despliegue de fuegos artificiales habría sido divertido para observar en otras condiciones, pero en aquel encierro las piedras eran como unas bombas  que  esparcían esquirlas afiladas como vidrios por todas partes y saturaban la atmósfera con un olor de pedernal de cuarzo y ozono.

Después de una corta calma que identificamos como una señal de que ya Roberto habría alcanzado la cumbre, le correspondió a Bob Madden iniciar su desprendimiento personal de piedras. Roberto lo había conducido hasta donde habíamos dejado amarrada la escalera  “Electrón” de guayas de acero y peldaños  de aluminio, pero aunque Bob nos refirió después que por un momento Roberto  se entusiasmó como para acompañar a este reportero de 120 kilos de peso que no sabía como sujetarse bien, finalmente decidió volver hasta el campamento de la cumbre. Madden desprendió mucho más piedras que Roberto, y como no había manera de protegernos  bien de la avalancha de piedras que rebotaban e iluminaban las paredes, pensamos que íbamos a morir en cualquier momento. Finalmente, al cabo de dos horas Madden llegó hasta donde estábamos y para nuestra mayor desilusión, a Roberto se le había pasado  por alto advertirle sobre  el problema que teníamos por la falta de agua; así es que durante el resto del día continuamos sufriendo con la sed, especialmente porque a lo largo de todo el trayecto escuchábamos el gorgoteo de un río que corría muy cerca de nosotros; justo en el ángulo más profundo de la grieta. No obstante, siempre estuvimos empapados con agua y barro porque la grieta canalizaba una fuerte corriente de aire ascendente que arrastraba consigo el agua de la lluvia, así como las hojas de árboles y el aroma exquisito de unas flores que crecían en la selva que podíamos ver extendida como una alfombra, justo a mil metros por debajo de nuestros pies.

Cerca de las cinco de la tarde llegamos al rellano donde  terminaba la grieta y aparecía una pequeña cascada  en la que bebimos agua hasta que nos provocó náuseas. Durante el descenso habíamos chupado barro y algunos musgos del género Sphagnum que apenas tenían agua como para refrescarnos la boca, por lo que prácticamente habíamos estado más de veinticuatro horas sin tomar líquido, y bajo una gran tensión emocional y física. En la misma cascada nos bañamos con la ropa puesta para quitarle el barro, y antes de enfriarnos continuamos la marcha hacia el Norte para llegar  por un plano hasta la boca del Oeste de la cueva que se encontraba muy cerca. Sabíamos que en menos de unos cuarenta y cinco minutos se haría de noche y apuramos el paso y recuerdo claramente  cómo la ropa mojada iba sonando  cuando rozaba contra las ramas de los arbolitos,  pero lo que más se me ha quedado grabado en la memoria, fue un instante mágico, como un buen  presagio, que ocurrió durante ese trecho del camino, cuando  debido  al descenso de la temperatura en el ambiente, el calor del cuerpo  formó alrededor de cada uno de nosotros un vaho de niebla personal que la luz de los llanos del Vichada hizo brillar como una aureola.

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Una puerta misteriosa y solemne

El ancho escalón era como una calzada que nos llevó directamente hasta la entrada de la cueva, pero allí un muro de piedra que se había formado por el colapso de una parte del arco del dintel nos detuvo. Hasta ese momento, ninguno de nosotros había podido ver el interior de la caverna y estábamos ansiosos por saber qué  que tipo de sorpresas nos estarían esperando apenas traspasáramos el umbral de aquella “misteriosa solemnidad de Puertas de Algo. De algo desconocido y terrible…”, como había escrito Alejo Carpentier refiriéndose a esta montaña en su novela Los Pasos Perdidos. Inmediatamente después, como es costumbre entre los alpinistas que “coronan”  un pico, nos sujetarnos de las manos para superar aquel obstáculo que tentaba nuestra ansiedad para así compartir simultáneamente nuestras primeras impresiones.

¿Habría en el piso los restos de la civilización que don Antonio de Berrío buscó por la serranía de El Dorado en 1586, justo antes de lanzarse aguas abajo por el río Barraguán tras la ciudad donde habitaba El Príncipe Dorado?

¿Habría servido este lugar como un cementerio donde, además del “cráneo” de la Piedra de los Sacrificios, encontraríamos unas vasijas funerarias?

¿O habría servido esta cueva sólo como una atalaya para los guerreros locales, como sugirió el padre Gilij doscientos años después, y estos habrían sido los autores de los jeroglíficos que habíamos visto desde el avión  en la pared del Sur?

¿Estaba esta sección de la montaña formada por una roca más blanda, que el agua y el viento milenario disolvieron y se formó esa oquedad?

¿Encontraremos en algún rincón restos de los huevos de los pterosauros que vivieron durante los períodos jurásico y cretácico?

¿Habría sido esta cueva el refugio natural  de otro animal alado e inexplicable como el que dio origen a la leyenda del “Maripa-den” según nos contó el indígena Pemón que vivía cerca de la confluencia del río Karún cuando hicimos la expedición al río Paragua en 1961?



Maripa-den

Para aquellos interesados en las cuevas de los tepuyes, me permito transmitirles la leyenda  sobre un animal alado que se llamaba Maripa-den  y que se alimentaba de hombres. Dicen que vivió por el río Paragua y habitaba una cueva que hemos visto y que  hasta ahora no hemos explorado.

“Este ser era muy parecido a los murciélagos, y al igual que ellos, también volaba durante la noche, por lo que nadie había podido ver su aspecto. Un día, el capitán del poblado decidió liberarse del acoso al que este Maripa-den los había sometido permanentemente, y le pidió a una viejita moribunda que los ayudara a salvarse. Para ello hizo que le amarraran a una de las piernas de la señora un pedazo de madera con brasas, y una noche la colocaron sobre la playa del río para atraer a Maripa-den. Cuando estaba muy oscuro éste llegó volando, puntual como siempre, y se llevó a la mujer, que se fue  dando gritos por el aire. Pero todos tenían mucho miedo y nadie intentó salvarla, y como siempre, tampoco pudieron ver hacia dónde se dirigía aquel misterioso mensajero de la muerte. Pero más tarde Maripa-den  comenzó a remontarse por el aire, y cuando la brisa avivó el tizón, entonces todos pudieron ver cuál era el camino que acostumbraba a realizar aquel monstruo que daba vueltas por el cielo para despistarlos. Un poco antes del amanecer vieron cómo la luz de la antorcha se dirigió hacia el Guaiquinima-tepui, donde había una cueva que se abre en la pared que hay en el flanco suroeste de la meseta que ahora se conoce como Maripa-tepui. Ese mismo día los indígenas subieron hasta la cueva para terminar con aquella amenaza, y aprovecharon para flechar a Maripa-den cuando se estaba meciendo en su chinchorrito. Parecía como un gran murciélago, y aunque quedó mal herido por las flechas pudo escaparse por la parte de atrás de la cueva [habrá que investigar si en verdad hay otra salida], no sin antes recomendarle a su esposa y a sus hijos que desde ese día en adelante abandonaran la costumbre de comerse a los hombres. Después –continuó el informante– este Maripa-den desplegó sus alas membranosas y se fue volando hacia el oeste, por donde defecó desde el aire y después se desplomó muerto sobre un río por donde ahora viven los indígenas Mañongong”.

Yo sabía que ese era el nombre que los indígenas Pemón daban a sus vecinos los Yekuana (Makiritare), por lo que cuando volví a visitar el poblado de Jiuwihtiña que se encuentra en un afluente del río Caura, pude confirmar que efectivamente,  el nombre de ese río que conocíamos bien porque lo habíamos navegado varias veces, se pronunciaba Dede-wata en la lengua Yekuana y ello significaba: “el excremento del murciélago”. Este río es el mismo que aparece dibujado  en nuestros mapas con el nombre de río Erebato (Dede wata), y al preguntarle a los Yekuana algunos detalles sobre la cueva que habíamos visto en el flanco de la montaña Maripa-tepui de la costa del río Paragua, me respondieron que ellos también conocían  esa montaña , pero que en su lengua la llamaban Dede-jidi,  que se traduce como “el Cerro del Murciélago”…

Epílogo

Realmente no sabíamos qué encontraríamos dentro de la cueva; pero de lo que sí estábamos seguros antes de traspasar umbral de aquellas “Puertas de Algo…”, es que seríamos los primeros en penetrar aquel espacio enorme que había permanecido ignorado durante millones de años. Al remontar juntos el muro de piedra sentimos un golpe de aire musgoso en la cara, y fue eso como una señal para que a partir de ese momento nos mantuviéramos muy atentos a cualquier detalle que nos llamara la atención, porque no estábamos allí por la aventura sino porque habíamos contraído un compromiso ineludible con la historia; ya que únicamente nuestro testimonio, las fotografías y los dibujos que hiciéramos, serían los documentos que respaldarían  lo que descubriéramos en la cueva.

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La luz rosada que entraba por la boca del Este inundaba las paredes y se reflejaba con tonos color pastel de intensidad diversa que llenaban aquel espacio maravilloso. Justo encima de nosotros se expandía un domo inesperado de dimensiones colosales que estaba ornamentado con círculos concéntricos como de una cúpula bizantina. Si alguno de nosotros hubiese creído en algo sobrenatural, este habría sido el momento para caer de rodillas, porque aquella entrada resultó una experiencia irrepetible en un lugar que consideramos como el más sagrado que habíamos conocido. Un recinto absolutamente silencioso dedicado a los misterios del pasado. Un templo que nadie había visto antes y en el que religiosamente nos empeñaríamos en resolver las incógnitas que habíamos acumulado a lo largo de diez años.
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Frente a nosotros, más allá de los derrumbes formados por bloques cúbicos que semejaban una ciudad en ruinas, podíamos distinguir la otra boca de la cueva encandilándonos como la luz de un balcón abierto. Hasta ese lugar tendríamos que llegar al día siguiente para montarnos sobre la Piedra de los Sacrificios para asomarnos y entonces deslumbrarnos con el brillo de las cumbres de los tepuyes que veríamos extenderse hacia el Oriente como una calzada azogada que conduce hacia  el horizonte. Una visión como la que habría tenido don Antonio de Berrío desde la cumbre del vecino  cerro Sipapo cuatrocientos años antes; cuando  tomó la decisión de regresar hasta el río Barraguán, el más grande que ninguno había visto, donde lo esperaban el resto de sus soldados a quienes ordenó matar todos los caballos que habían traído desde los Andes, para garantizarse de que ninguno de ellos pudiera regresar a Tunja y tuvieran que embarcarse junto con él para lanzarse río abajo tras la pista de Manoa, la ciudad donde le habían informado que habitaba   El Príncipe Dorado.

Sobre los restos del Maripa-den,  de un Pterosauro, o sus huevos; esto no resultó una idea tan descabellada,  porque  en base a lo que vimos se llegó a la conclusión que la cueva del Autana  estuvo abierta al aire antes de que desaparecieran los reptiles voladores como el Cearadactylus que tenía alas membranosas de cuatro metros, o como el Thalassodromeus sethi de alas con cinco metros de envergadura,  gracias a lo cuál habría podido volar por este lugar hace 110 millones de años, ya que su fósil fue encontrado a medio día de vuelo del cerro Autana (Kellner y Campos, 2002).

Tampoco encontramos la calavera que habíamos creído ver sobre la Piedra de los Sacrificios, ni las urnas de cerámica; pero sí encontramos unos pedazos de carbón cerca de una de las bocas del Este y guardé un trozo para ver si se podría determinar su edad. Pero como no vimos señales de presencia humana, y los jeroglíficos de la pared Sur resultaron ser unas manchas de minerales que fueron estudiados después,  pensamos que el carbón pudo haber sido originado  por un rayo que fulminó uno de los arbolitos que crecían en la penumbra de la cueva.

Sin embargo, lo que resultó sorprendente desde el punto de vista espeleológico en esta, la primera cueva de cuarcita que se exploraba en guayana, fue que debajo del domo central no encontramos  un cono de derrubios que explicara el origen de aquella cavidad sellada por un techo tan perfecto; pero sí encontramos sobre el piso unos cantos rodados que habrían sido arrastrados hasta ese lugar por la corriente de agua de un gran sistema de drenaje que ahora no existe,  y que posiblemente se formó cuando se escurrieron los enormes depósitos de arena que dieron origen a los tepuyes y que se originaron en el África, o en otro lugar con el que nuestro continente estuvo  comunicado hasta hace 160 millones de años. También pudimos observar que la superficie de algunas paredes de la cueva estaban pulidas y texturizadas con unas depresiones muy regulares, como si alguien se hubiese empeñado en alisarlas empleando una cuchara para tomar sopa. Esta depresiones  resultaron ser unos “scallops” que, como me informaron los filibusteros que emplearon nuestro descubrimiento para su prestigio personal  y fueron mezquinos a la hora de compartir la merecida coautoría en las primeras publicaciones, estas fueron talladas por el efecto de la cavitación, o por la abrasión provocada por los sedimentos que eran transportados por unas corrientes de agua  sometidas a alta presión (Colvée, 1972, 1973).

Al salir teníamos resueltas la mayoría de las incógnitas que fuimos a investigar; ya que habíamos colectado y documentado las evidencias necesarias para demostrar el origen fluvial de la cueva, pero nos quedaron dando vueltas en el cerebro otras nuevas interrogantes que otros estudiarían después

¿De dónde vino este río y frente a cuál mar desparramó su delta?

¿Encontraríamos la prolongación de este sistema cavernario horadando la pared del cerro Sipapo, justo donde la prolongación  del eje formado por la alineación de las dos bocas de la cueva del Autana  intercepta  esa montaña?

Bueno, aunque realmente esta última incógnita surgió mucho tiempo antes, cuando volábamos junto con el capitán Harry Gibson por estos parajes desconocidos; tuvimos la satisfacción de que pocos meses antes de su deceso y cuando ya no podía ver las fotografías que le mostráramos, pudimos hablar con él por teléfono para informarle que, a siete kilómetros de distancia del Cerro Autana, justo por donde habíamos estado buscando ¡habíamos encontrado la continuación de la cueva que atravesaba el Autana y que nos preparábamos para explorarla!  (Un detalle que prontamente podría ser aprovechado por los corsarios locales de la espeleología).

Años más tarde, la maravillosa torre de esta montaña pudo ser escalada desde su base por David Nott y unos miembros de la Sociedad Venezolana de Espeleología (Owen, 1978) y en los años siguientes otras expediciones lograron resultados mineralógicos y espeleológicos sorprendentes (Pérez La Riva y Reyes, 1976a, 1976b; Urbani, 1976; Galán, 1982).